"abuelito dime tú..."(ed. Legis)
El hombre
más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las
cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras
de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la
media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían
de esta escasez mis abuelos maternos.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los
sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios
singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de
antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al
mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría
que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta
a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él,
calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
José
Saramago
Fragmento
del discurso de aceptación del Premio Nobel



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